2026 ¿feliz año?

Feliz 2026… pero, desear esto qué sentido tiene más que retórico ¿Es posible un 2026 feliz? O es y será una mera ilusión, una utopía más? Depende de la actitud y visión de la vida que se adopte. Obviamente no nos referimos a una felicidad plena, lo cual en esta vida es imposible, simplemente entendemos por felicidad un transcurrir de los días, en armonía y paz interior, más allá de las circunstancias, una llama de entusiasmo que nos haga vivir todo en su justa medida… pues sí, de eso se trata, la justa medida para cada cosa. Todo se desequilibra cuando damos más de lo que la situación se merece.
Por tanto, como lema os proponemos en el 2026 vivir como humanos y mejor como cristianos.
Y es que, como en ninguna otra época de la historia, todo aquello que nos rodea crea un hábitat donde todo funciona automatizado, robotizado, por impulsos, por emociones… el mundo se ha vuelto cada vez más materialista y es una vorágine que nos empuja a “ser como el mundo”; la corriente nos lleva a transformarnos en el mundo-máquina que nos rodea, y esto es, claramente, una despersonalización, una deshumanización.
El mundo intenta hacernos como él, nos lleva a “vivir” una vida semejante a la máquina, nos engulle para que seamos con nuestra colaboración un engranaje más del sistema, y que funcionemos como un engranaje. Es decir, que demos al cliente el producto perfecto, en la menor cantidad de segundos posibles, que al menos esos minutos de producción no seamos humanos, no seamos nosotros mismos, seamos una máquina que sólo actúa para sacar el producto a tiempo y sin defectos. Y todo ello, se agrava más, cuando ese proceso lo hacemos en una tensión tal, que pareciera que en ello se nos va la vida, una tensión que nos hace actuar como poseídos por el espíritu de la máquina, lo cual genera un estrés inconsciente que daña al sistema nervioso.
Lo contrario, lo humano, sería adoptar una actitud de velocidad humana, con sus límites, con su ritmo a veces desfasado y muy importante, disfrutando cada paso del proceso de nuestro trabajo, haciéndolo sin poner en ello la vida, que la vida se pasa, y nadie nos agradecerá por ello, simplemente no dando a la situación más de lo que se merezca. No se puede entregar la vida en cada instante, hay que saber cuando y por qué entregar toda o parte de la vida.
Jamás el trabajo será merecedor de llevarnos la vida, y si consideramos que vale la pena ahora entregar la vida, seguramente en un mañana caeremos en la cuenta de que no valía la pena.
La tentación del principio nos acecha
Pasa que, todos nosotros, todo ser humano lleva en su interior aquella tentación del principio que se muestra de mil maneras posibles, aquello del “ser como dioses”. A veces, se expresa en la pretensión de querer tener todo controlado, y la vida una y otra vez, nos va mostrando que no es posible, que no somos dioses y las circunstancias suceden una tras otra, por ello lo mejor será estar abierto, flexivo, dispuesto y preparado con las limitaciones normales para resolver cada situación, si es posible y aceptar con humildad y paz interior que no siempre es posible, que somos humanos y queremos seguirlo siendo, queremos que se vean también nuestras limitaciones y fallos… que la vida no es perfecta y nosotros tampoco podemos hacerla perfecta ni para nosotros ni para los demás.
Querer ser como dioses es querer controlar el futuro, y por ello, no nos fiamos ni siquiera de Dios, y expresión de ello es que nos preocupamos por el futuro, lo traemos a nuestro presente y lo hacemos entrar en nuestros pensamientos, lo alojamos allí y vivimos un futuro de preocupación que quizá jamás exista… Lo sensato, lo humano, lo cristiano sería, dejar nuestra vida a la divina providencia: Dios sabe lo que hace, y si Dios permite en un futuro un fracaso, sabe El, por qué lo permite para sus hijos.
La estructura del mundo, el sistema en el que vivimos es frío, inconsciente, no tiene vida, simplemente es una maquinaria de producción. Marx y Engels ya veían así el mundo, y sus teorías, gracias al financiamiento del matrimonio capitalismo-comunismo, han hecho de nuestras sociedades un mundo a esa medida, cada vez más desligado de las identidades personales, sociales, culturales, religiosas. Todo empuja al ser humano a ser una parte de la maquinaria productiva.
Aliados del Nuevo Orden
La guerra cultural ideológica avanza debilitando identidades, en pro de una multiculturalidad global, en pro de una fraternidad universal, y por eso el discurso hegemónico, incluso de la Iglesia Católica es “derribar fronteras”, “acoger todo y a todos”. No es más que el macabro nuevo orden mundial.
El catolicismo, está asumiendo las premisas del mundo, lo que la élite mundial manda, sólo que lo hace con palabras halagüeñas como “instaurar el diálogo como camino de la Iglesia”, dialogar con todos y sobre todo, “acompañar” y no pretender estar ni tener a nada ni nadie por encima de otra cultura o religión “todas las religiones llevan a Dios” proclamaba el líder vaticano Papa Francisco, quien bien reflejó dichas pretensiones en el documento de Abu Dabi, y no hablemos de su representación en los nuevos mandamientos climáticos donde simbólicamente en el Sinaí se quebraron las tablas de la ley, en señal de lo que El dijo “asistimos a un cambio de época”.
¿Qué nos queda a los católicos?
Nos queda permanecer en la sana doctrina que no es necesariamente la última encíclica o la última noticia vaticana, sino la bimilenaria sabiduría de los grandes teólogos, santos y místicos. Recurrir a ellos, beber de la fuente genuina del evangelio, no recortarlo como hace el modernismo eclesial actual y vivirlo en plenitud.
