La Victoria definitiva

Con el domingo de Ramos, los discípulos de Cristo, con mayor o menor fe y compromiso, hemos empezado la semana santa. Más allá de la vivencia religiosa de cada uno, el hecho de seguir conmemorando un suceso histórico acaecido a las puertas de Jerusalén, no deja de hacernos presente hoy el sentido profundo de la historia del mundo.
En pocas palabras, Jesús de Nazaret, de quien ya habían decidido darle muerte, después de lo sucedido con Lázaro, entra ahora en Jerusalén, lugar y pueblo que lo debía reconocer como Mesías, acoger y enviar al mundo como Redentor. Sin embargo, iba a suceder todo lo contrario y de aquellos traidores a la identidad del pueblo elegido iban a surgir quienes lucharían a lo largo de la historia por imponer su reinado sobre el mundo.
¡Hosanna al hijo de David! El Mesías Rey es aclamado pero la ilusión desparecerá muy pronto, porque aquella era una especie de esperanza no basada en la fe, en las Escrituras, en la Palabra profética. Era una fe de experiencias emotivas, de testimonios reales pero subjetivos que podían ayudar, pero no llevaban a la verdad que estaba contenida en la Palabra.
Sin embargo, sin saberlo ellos, aquella aclamación de la muchedumbre, ponía en evidencia y para nosotros en actualidad, el triunfo anticipado de Cristo sobre el mal en el mundo; porque Aquel que entra en Jerusalén, puede llorar sobre ella y permitir por su misericordia que avance el deseo serpentino de “ser como dioses”; lo puede permitir como permitió que se abalanzaran contra el Ungido de Dios, con el mayor odio, pero también el tiempo a El le pertenece, como se dirá en la noche de Pascua y la hora de las tinieblas lo tienen contado.
Por tanto, nuestro mundo convulso no es un caos sin final, no es una deriva imprevista a los ojos de Dios. El está allí y aquí cargando la cruz de la humanidad sufriente a causa del pecado de no reconocer a Cristo como Mesías y Rey del mundo. La Sangre de Cristo sigue sin tocarlos porque siguen obedeciendo los mandatos del príncipe de este mundo: las ideologías modernas como el alarmismo climático, la ideología de género, el progresismo cristiano post conciliar, la deriva científica, la perversión política etc. Así está nuestra sociedad hoy, y muchos de los que asisten como a un espectáculo a las procesiones de semana santa, muy probablemente sin saberlo, no están del lado de Cristo. Porque estar de su lado, no te lo da la pertenencia a un pueblo, ni a una institución y ni siquiera el mayor cargo eclesiástico.
